Agroecología en las ciudades cubanas

Agroecología en las ciudades cubanas
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Resulta común arribar a cualquier ciudad de Cuba, a los barrios, y divisar en terrenos cercanos a edificios, casas o instituciones gubernamentales, simétricas parcelas sembradas de hortalizas, vegetales, plantas medicinales, flores y ciertas frutas. En otros casos, se encuentran en los jardines particulares, patios o azoteas de viviendas donde pueden encontrarse cultivos destinados al consumo humano.

Históricamente, la Mayor de Las Antillas ha sido eminentemente agrícola y, al igual que otros países en todo el mundo, ha comprendido el valor de hacer que la tierra produzca fuera de los límites rurales, llevando a los habitantes de las ciudades una práctica que con el paso de las décadas ha devenido en imprescindible variante laboral y alimentaria. Incluso, podríamos decir que ante la depresión agrícola tradicional, los problemas de distribución e importación, más que una variante sostenible se convirtió en una necesidad para aumentar la oferta disponible, segura y saludable, libre en su mayoría de productos químicos artificiales.

Herencia de los chinos

Los anales de la agricultura urbana en Cuba se remontan al siglo XIX, cuando los inmigrantes chinos comenzaron a sembrar hortalizas en terrenos ubicados en la periferia de La Habana, para destinarlas a un comercio bastante rentable. Sin embargo, hacia fines de la década de los 80 del siglo pasado, el gobierno cubano decidió aplicar una tecnología innovadora, o más bien el rescate de métodos ancestrales para nutrir el suelo de los huertos con materias orgánicas, generalmente provenientes de los desechos de sus propios ciclos productivos, para así elevar su rendimiento y lograr cosechas exitosas. Esta reinvención fue bautizada como organopónico.

Por la proliferación de zonas verdes en algunos sectores de la capital de ese país, que en muchos casos estaban ociosas, inutilizadas, y el crecimiento sostenido de la población residente, se decidió comenzar el proyecto por allí. Los primeros resultados no se hicieron esperar, pues la experiencia propició un mayor acceso de las familias a productos agrícolas más baratos, frescos, y se redujo el uso de combustible.

En tiempos de crisis

Sin embargo, la crisis económica que comenzó luego de la caída del socialismo en Europa del Este, aceleró la creación de los organopónicos por todo el territorio isleño para hacer frente a la escasez de alimentos. Muy pronto, la agricultura urbana se convirtió en prioridad, y extensos terrenos baldíos dentro de las ciudades fueron asumiendo la vida vegetal, gracias a la constancia de las personas que se han enrolado en esta tendencia, dando lugar a un fuerte movimiento agroecológico y participativo.

El comercio de alimentos producidos en tierras enclavadas en las ciudades cubanas, es una empresa floreciente, muy bien acogida por los consumidores metropolitanos, quienes a veces logran ver con sus propios ojos cómo se extrae del sembrado la mercancía que llevan a sus hogares. Ya no es necesario esperar a que las provisiones cargadas de vitaminas y minerales sean trasladadas desde el campo, pues en el perímetro de casi todos los organopónicos se han instalado puntos de venta. Así, llegan rápidamente a la mesa el tomate, el ají, el pimiento, la zanahoria, la espinaca, la col, la lechuga, la acelga, la remolacha, la berenjena, el quimbombó, el comino, el apio, el orégano, el cebollino, el perejil, entre muchos otros.

Mientras una parte importante de las cosechas se destina a establecimientos ubicados a menos de cinco kilómetros de distancia de las parcelas, otra porción se reserva para centros asistenciales, escolares, de salud o turísticos, en la comarca correspondiente. Esto se desarrolla sobre la base de la filosofía del autoabastecimiento, que pondera la producción alimentaria desde y para el barrio.

Agroecología, tendencia al alza

Ante el auge y la aceptación de estas técnicas agronómicas, con el paso del tiempo se fueron agregando otros cambios, como la creación de huertos intensivos, la cría de aves y conejos, o la instalación de mini industrias para la elaboración artesanal de condimentos y suministros en conserva, como el vinagre, las mermeladas de frutas, el puré y la salsa de tomate, por tan sólo citar algunos.

De esta manera, con la aplicación de un enfoque agroecológico, se obtienen alimentos más sanos, pues la tierra es abonada con aditivos obtenidos de elementos orgánicos, vegetales, estiércol animal, el aserrín o la borra de café. La notoriedad de la agricultura urbana que se desarrolla en la isla antillana ha propiciado el surgimiento de centros de investigación, como el Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical (INIFAT), de referencia internacional. Semejante entidad pondera el intercambio de experiencias con otras naciones que llevan adelante proyectos similares.

Actualmente, suman casi cien los organopónicos cubanos con reconocimiento internacional, considerados como modelos de agricultura urbana orgánica y sostenible. Uno de los más llamativos es el Vivero Alamar, al este de La Habana. Inaugurado en 1997 sobre extensiones de tierra subutilizada o en desuso, se destaca por la calidad de su producción de verduras y hortalizas, que reiteradamente es admirada por visitantes cubanos y extranjeros.

Crece la apuesta ecológica y alimentaria

La praxis de la agricultura urbana forma parte de la identidad cultural cubana del siglo XXI, en armonía con el diseño de las ciudades y la transformación del paisaje. El movimiento asocia a casi 40 mil trabajadores que laboran en patios, parcelas, huertos intensivos y organopónicos, en busca de la seguridad y la independencia alimentarias.

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Desde fines de los años 80 del siglo pasado, Cuba desarrolla la agricultura urbana. Inició experimentalmente en La Habana y ya ha conquistado casi todo el territorio isleño, para cambiar el paisaje y enriquecer la dieta local con productos orgánicos.

arantxa Arantxa