Fotógrafos de cajón en La Habana: sencillos, porfiados y soñadores

Quiso el hombre, por naturaleza, poseer todo cuanto a sus manos llegaba. La sensación de seguridad que esto le proporcionaba era inconmensurable. O sea, pintó animales heridos en las paredes de las cavernas porque creyó que así podría someterlos mejor.

Intentó transformar el plomo en oro, porque quería dominar «el arte de transmutar los metales», además de hacerse rico. Buscó «La fuente de la eterna juventud» porque deseaba desafiar a la mismísima muerte.

En fin, quiso navegar para hacerse con los mares; volar para poseer los cielos; y reproducir, no sólo su físico, también su imagen, para propagarla y que esta le precediera, allí donde él quisiera llegar.

Un gran descubrimiento

 Antiguo artelugio usado por los fotógrafos de Cajón de La Habana

Aceptando las limitaciones de la pintura, incluso del grabado, los hombres de ciencia se aplicaron durante siglos en la búsqueda de una solución para conservar con mayor fidelidad y firmeza una imagen sobre una superficie X.

Los experimentos con la Cámara Oscura y las sales de plata fueron múltiples y azarosos. Pero no es hasta principios del siglo XIX, más o menos por el año 1924, que el científico francés Joseph N. Niépce obtiene las primeras imágenes propiamente fotográficas.

Ya para 1839 otro francés, el inventor Louis Daguerre, íntimo colaborador de Niépce, saca al mercado su procedimiento para la obtención de fotografías fijas al que llamó «daguerrotipo».

La novedad tecnológica causó sensación y con el tiempo surgieron otros procedimientos más eficaces, baratos y cómodos para fotógrafos y modelos.

Ni un minuto que perder

Fotógrafo de Cajón en el Parque Central

La fotografía fue ganando en velocidad y ya para fines del siglo XIX e inicios del XX una pintoresca plaga de fotógrafos comenzó a invadir las plazas, parques, y alamedas de las ciudades. En España y Cuba los llamaron «minuteros».

Cargaban con pesadas cámaras de cajón y mediante el principio de la cámara oscura, pues no usaban rollos, le entregaban al cliente, un infeliz que no podía pagar un estudio o un turista ansioso por llevarse un suvenir, una foto en sólo 10 minutos.

Una curiosidad: en Portugal y Brasil la fotografía «minutera» fue llamada «lambe lambe», o sea «lame lame», pues era usual lamer el papel fotográfico para comprobar cuál era la cara de la emulsión.

En otros sitios, le decían «foto agüita», pues el fotógrafo sumergía las copias en un balde de agua para lavarlas, antes de entregarlas a sus dueños.

En Cuba, en La Habana…

Turistas toman foto al cajón usado por el fotógrafo del Parque Central

Para la década del 50 ya el sobrenombre había cambiado. Ahora se les llamaba «guerrilleros», dada su dura existencia, siempre cargando sus pesadas cámaras de cajón y demás elementos imprescindibles en su oficio.

Se ganaron un lugar en los afectos del pueblo y todavía hasta la década de los 60 del siglo pasado todo cubano del interior del país que visitaba La Habana, recurría a sus servicios y se retrataba frente al Capitolio.

Hasta que un buen día alguien consideró «chea», o sea ridícula, esta afición y ya la mayoría de los visitantes lo pensó dos veces antes de acudir a los «guerrilleros», temerosos de que algún bromista les gritara «¡Guajiros… guajiros!»

Hoy, ahora, en este instante…

Fotógrafo de Cajón esperando clientes

A estos artesanos del lente les llaman «Fotógrafos de cajón» o «Cajoneros», debido a sus cámaras abultadas. Quedan al menos tres en activo y son herederos de españoles, polacos, rusos y chinos, maestros del oficio, duchos en sacarle unos quilos hasta al más pinto.

Sobreviven fundamentalmente por los turistas, su eterna curiosidad por lo que hacen, sus equipos centenarios y sus experiencias de trotamundos. Según testimonios de los mismos fotógrafos los viajeros se arrebatan cuando los encuentran en el Parque Central.

Cerca del Hotel Manzana Kempinski; el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso o en Bellas Artes. Otro fotógrafo, relata que unos turistas los retrataron furtivamente, luego publicaron las fotos y «ni siquiera la revista nos trajeron». Destellos y sombras de esta profesión.

Luces, cámaras y…

Turista espera para tomarse una curiosa foto en el Parque Central de La Habana

Los cuentos no tendrían para cuando acabar. Si de cámaras se trata, pudiera oírlos hablar por horas. Que si les pusieron tal o más cual nombre; que si los lentes Kodaks son mejores, hay lentes, en activo todavía, de 1909.

Que si armaron un trípode de madera nuevo; o que cambiaron una carcasa de pino, por otra de cedro, más duradera; o que es mejor forrar las carcasas con formica para evitar la acción del agua y frenar la entrada de luz.

Y pudiera seguir, porque cuando se trata de sus cámaras, los Cajoneros son cómo niños en Navidad y por lo general, es justo reconocer, la mayoría posee verdaderas joyas del kitsch latinoamericano.

Forradas de calcomanías; fotomontajes alegóricos al San Valentín; fotos de Bruce Lee o Michael Jackson; papel de libreta con las tarifas; publicidad en inglés de una marca de whisky; un Corazón de Jesús o varios parches, las cámaras son verdaderas joyas, repito.

¿Y el procedimiento?

Una chica observa los curiosos instrumentos usados por el fotógrafo de Cajón

Los Cajoneros, como las tortugas su caparazón, cargan con su pequeño laboratorio de revelado. Tiran una foto, la revelan dentro del cajón de la cámara y luego la entregan al cliente por el módico precio de 2 CUC.

Aclaración. Algunos creen que la foto se amarilla en menos de un año. Según los expertos esto es erróneo, la imagen puede durar diez o quince años, siempre que se conserve adecuadamente.

Ya es hora de guardar el equipo

Fotógrafo de Cajón

E invitarle a que se tome una instantánea diferente en La Habana. Visite el Parque Central y déjese apresar por el lente de alguno de estos encumbrados artesanos de la luz. Converse con ellos, conozca otros detalles de su oficio, y llévese de regalo, al final del día, su flamante foto en blanco y negro.

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