Bulevar de las esculturas en Las Tunas, una gran galería a cielo abierto

Corre la vida, al interior de la isla de Cuba, sencilla y pacífica. Sin la gran agitación habanera, lógica e irreprimible, marcha esta siempre alrededor del parque central o plaza mayor de cada pueblo o ciudad.

O de alguna que otra calle azarosa, preñada de tiendas, tiestos con plantas ornamentales, bancos de hierro fundido y el consabido punto WIFI, tan de moda en estos tiempos a lo largo y ancho de la isla. Muchas de estas arterias suelen ser bulevares.

Importados de Francia, hicieron y hacen furor en la Mayor de las Antillas. Desde La Habana a Santiago, ciudades, pueblos, y hasta poblados, ostentan orgullosos su bulevar. Famoso es gran el Bulevar de Cienfuegos o el de San Rafael, en La Habana.

Estos, y otros, son grandes arterias de la cartografía urbana insular, orondos y linajudos señores cargados de historia. Sin embargo, existe uno al oriente del país, no muy grande, ni muy viejo, que guarda prodigios insospechados.

Y todo empezó por…

La fundación de una ciudad. O, mejor dicho, el otorgamiento del título de ciudad a la villa de La Tunas en 1796. Otrora hacienda ganadera en tierras erizadas de tunas bravas, de ahí su nombre, después de ser española, se alzó mambisa.

Tres veces fue quemada durante las guerras contra España, su reconstrucción total duró hasta bien entrado el siglo XX. Con la independencia llegaron los cambios, y por cambiar hasta el nombre de las calles mudó en esta valerosa y sufrida ciudad.

Los antes pro-españoles patronímicos, fueron sustituidos por los de las figuras del momento: grandes generales libertadores de la región. La calle Francisco Vega, honroso líder independentista, es uno de esos ejemplos y constituye, además, asiento del bulevar tunero.

Inaugurado en el 2008, constituye, junto al adyacente parque Vicente García, el epicentro de la vida sociocultural de la urbe. En el 2014 se abrió, en la calle Francisco Varona, paralela a Francisco Vega, un nuevo tramo del bulevar o nuevo bulevar, como se prefiera.

Entre farolas y sombras pierde la noche su señorío…

El ocaso se precipita en el centro de La Tunas. Las farolas se encienden poco a poco y la noche reclama su autoridad sobre la ciudad y sus calles.

Hay una, sin embargo, que se resiste a entregar su libertad. En el bulevar la vida apenas empieza, sosegada es verdad, pero vida al fin se resiste a ser gobernada, aunque se trate de la dama oscura.

Y no solo la vida de las personas. Las cosas, con su particular inmanencia, también despiertan y se muestran, si sabe oírlas, tal como son. Ese es el caso de las esculturas del bulevar. Despiertan pasadas las doce.

No hablaré de todas, algunas son muy discretas y prefieren el anonimato, sólo me referiré a las más importantes, visibles y bulliciosas.

A la entrada del bulevar…

En la actual Plaza Cultural, se alza un conjunto llamado «Las tres columnas». Se emplazó en el sitio desde 1991 y su autor René Peña Carbonell se inspiró en las ya referidas quemas de la ciudad durante las guerras en el siglo XIX.

Realizadas mediante la técnica de hormigón, estas tres columnas, pasada la medianoche, despiertan perezosas y a medida que avanza la madrugada se cargan de míticas fuerzas y todo parece que comienza de nuevo.

Desde sus capiteles ruinosos, bajan llameantes el fuego y el griterío de tres quemas heroicas. Como lava hirviente hondos sentimientos patrios parece que calcinan las tres columnas.

Bajan la pequeña escalinata, abrasan el enlozado de la vía y retuercen el metal de los bancos públicos. Luego todo este clamor de hechos pasados, pero vivos, inunda los murales de arcilla de Leonardo Fuentes Caballín, al frente.

En este bajo-relieve se arma un plano de la ciudad, y el autor destaca en él las principales fortificaciones de Las Tunas, en 1897, e incorpora a la pieza, además, un listado de dichas instalaciones militares.

Estas, después de las doce, se revuelven expectantes, de entre sus minúsculos muros emergen toques de corneta; trasiego de botas y el tintineo de las armas. Ya de madrugada, en pleno asedio del fuego mambí, los castillitos intentan vanamente repeler sus embestidas.

Unos metros más adelante, entre dos edificios, una pared pintada de rojo ladrillo exhibe otro mural. Este se realizó con mosaicos de cerámica policroma y pertenece al artista local Alexis Roselló Labrada.

Se recrea la iconografía de la villa bicentenaria, de edificios ecléticos, coraje patrio y fascinantes leyendas, como la del Caballo Blanco y el Indio sin Cabeza.

Después de la media noche, si se para frente al mural, escuchará unos cascos, luego un destello blanco pasará ante sus ojos y un pequeño aguacero de sudor lo empapará todo.

El caballo blanco despierta de su letargo, corcovea orondo y luego sale a surcar la noche. No obstante, le aconsejo que no se enternezca demasiado y póngase a resguardo, porque con el corcel aparece el Indio sin Cabeza, clamando contra la injusticia de la que fue víctima.

Ya amanece…

Y el bulevar recupera su somnoliento rostro, mientras se prepara para recibir el embate citadino, las esculturas se convierten en damas inofensivas, pudorosas. A la espera de que vuelva la noche una vez más.

¡¿No me cree?! Vaya entonces a Cuba, visite Las Tunas y compruebe la veracidad de mis palabras. Arriésguese, no deje que nadie lo acuse de enterarse sobre este maravilloso fenómeno por otro. Y, menos, deje que nadie lo acuse de habérselo perdido.

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